Carta a las mamás de mis bebes hospitalarios que acompañé a partir

María Laura Goicoa de la Serna

María Laura Goicoa de la Serna


Introducción de la editorial

Las cartas tienen un poder particular: pueden contener emociones difíciles de decir en voz alta, condensar vivencias intensas y tender puentes entre quienes las escriben y quienes las leen. Algunas cartas, como la que compartimos en esta edición, nacen de experiencias hospitalarias que nos interpelan por su profundidad humana.

La carta que sigue fue enviada por la Lic. Laura Goicoa de la Serna, enfermera del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Su lectura conmovió profundamente al equipo editorial y despertó el deseo de saber más: ¿qué contexto hace posible ese modo de cuidado? ¿Qué trayectorias, equipos y decisiones acompañan esa tarea silenciosa y vital que se expresa en las palabras de una enfermera?

Es por eso que decidimos sumar al final, una breve contextualización que dé cuenta del lugar en que Laura trabaja, del equipo interdisciplinario que participa y del enfoque de cuidado que se pone en juego en situaciones tan delicadas como el acompañamiento en el final de la vida. No sólo para comprender mejor la carta, sino también para hacer visible un modo de trabajo colectivo, ético y profundamente humano.

Cómo poner en palabras el sentimiento de ver a alguien partir… Aunque no es tuyo, tu sangre, y quizás fue solo un corto tiempo compartido.

Cómo explicar que por dentro quisieras gritarle a ese pequeño cuerpo que le ponga un poco más de fuerza y por otro lado que ya no pelee más por vivir.

Cómo decirle a esos papás que esperan que cuides de su bebe, que la mejor manera de cuidarlo es poniéndole fin a todo, a sus esperanzas, a su fé, a su hijo.

Cómo contarles que salís con el cuerpo como golpeado y el alma partida al medio. Pero que hasta el último instante haces todo lo posible porque se queden con la mejor imagen y pones la mejor cara, y las mejores condiciones hasta en el más mínimo detalle como lo esperan ellos.

Unas huellas en papel, unas fotos de miradas compartidas, una pulsera.

Una caja de recuerdos. La última ropita. Bañarlos. Peinarlos. Mimarlos.

Entregarlo en brazos para después sacárselos.

Las fotos, y la toma de huellas, generalmente se realiza con el equipo de enfermería, siempre con los familiares, logrando un entorno cálido para todos los participantes, y permitiendo no pensar en la situación en sí, sino en compartir ese momento. Foto gentileza, aportada por la autora del artículo.

El honor, el dolor. La ambigüedad de la situación en sí. Darles paz, pero sufrimiento a la vez. La adrenalina que corre por el cuerpo es agotadora.

Mirar, observar, escuchar, acompañar, y volver a repetir el proceso una y otra vez mientras sea necesario. Acompañar y escuchar…. Ver detalles, una mano en el hombro. Apagar un monitor, despedirse. Llorar y Abrazarse.

Hoy entiendo que por más difícil que sea, estoy más que agradecida y honrada de acompañar estos procesos. Porque sé que estas pérdidas me llevaron a ganar, a crecer, a ser más empática y defender hasta último momento mis convicciones y el bienestar de estos pequeños que pusieron en mis manos.

Solo queda decirles gracias por confiar en mí. Por dejarme acompañarlos. Por el contacto continuo, por permitirme ser parte de sus vidas. Y aunque ya lo saben, porque muchas veces les dije: dejaron huella y una enseñanza muy grande.

La Licenciada en Enfermería Laura Goicoa de la Serna se desempeña en la Unidad de Cirugía y Terapia Cardiovascular (U17) del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, un servicio que recibe pacientes con cardiopatías congénitas y adquiridas, desde neonatos hasta adolescentes de 19 años. Allí se realiza seguimiento clínico, pre y postoperatorio, y de procedimientos como cateterismos, electrofisiología y cirugías cardiovasculares de alta complejidad.

El servicio está compuesto por nueve camas de terapia intensiva (incluyendo dos de aislamiento), ocho espacios de terapia intermedia —que pueden funcionar como intensiva— y siete camas de sala común, cuatro de ellas con posibilidad de terapia. La atención se brinda en un entorno altamente especializado e interdisciplinario, donde, además de enfermería, participan:

  • Residentes y rotantes
  • Médicos/as de planta de cirugía cardiovascular
  • Especialistas en recuperación cardiovascular
  • Pediatras y cardiólogos/as
  • Especialistas en cuidados paliativos y tratamiento del dolor
  • Psicólogos/as
  • Kinesiólogos/as
  • Nutricionistas (enteral y parenteral)
  • Trabajadores/as sociales
  • Farmacéuticos/as hospitalarios
  • Infectólogos/as
  • Docentes de la escuela hospitalaria

Esta red de saberes permite una atención integral, donde cada área aporta su mirada específica y se articula con las demás. La solicitud de intervención del equipo de cuidados paliativos puede surgir desde el equipo médico o desde enfermería, y se organiza en función de las necesidades particulares de cada paciente y su familia.

En estos contextos, se despliega una modalidad de atención profundamente humanizada, y personalizada, donde la continuidad de los cuidados es central. Aunque la institución no cuenta con una función formal de enfermería en cuidados paliativos, un equipo de enfermeras/os cumple un rol clave en el acompañamiento a pacientes en situación de final de vida. El duelo se comienza a transitar desde el primer día que se plantea la posibilidad de retiro de soporte, requiriendo dicho acompañamiento y escucha activa.

Muchas veces, son las propias familias quienes solicitan que un/a profesional de enfermería en particular los acompañe, reconociendo el vínculo construido a lo largo de la internación. Ese lazo es el que permite detectar signos de disconfort, escuchar lo que no siempre puede nombrarse y generar espacios de intimidad donde lo emocional y lo clínico conviven.

La planificación del retiro de soporte vital se hace en conjunto: se realizan reuniones entre el equipo médico, cuidados paliativos, enfermería y la familia. Allí se acuerdan los tiempos, las formas y quiénes estarán presentes en ese momento. También se crean instancias simbólicas significativas, como el armado de una caja de recuerdos con objetos elegidos por la familia: se toman huellas, fotos, ropa, pulseras con el nombre del bebé, dibujos o pequeños recuerdos.

Estas acciones no solo generan un objeto físico que acompaña el duelo, sino también una experiencia compartida, que permite resignificar el dolor desde el vínculo y la ternura. El soporte y la comunicación no se circunscriben exclusivamente al contexto hospitalario, y el acompañamiento no finaliza con la muerte: continúa después, tanto para las familias como para los equipos, en un proceso que reconoce la dimensión emocional del trabajo en salud.