
Andrés Añón
Presidente de la Federación de Profesionales del GCABA.
En la consulta clínica, cada época deja marcas reconocibles en las adolescencias. No porque los jóvenes “cambien” abruptamente, sino porque los contextos transforman las formas de nombrarse, de mostrarse y de estar en el mundo. Hoy recibimos adolescentes que transitan búsquedas identitarias intensas, veloces y, muchas veces, públicas. Estéticas que se vuelven virales, modos de presentar el cuerpo, pertenencias que se constituyen en redes. Y frente a esto, los adultos solemos mirar el fenómeno más que el trasfondo.
Las adolescencias actuales se desarrollan en sociedades que declaran promover la libertad individual, pero que organizan la vida cotidiana bajo lógicas profundamente desiguales. La promesa de ser lo que uno quiera, convive con mercados a los que no todas las juventudes acceden y con oportunidades que, lejos de ser universales, dependen del origen social, del barrio, del color de piel, del capital afectivo y los vínculos. La contradicción entre discurso y realidad es parte del escenario clínico: aparece en frustraciones, en inhibiciones, en identificaciones precarias y también en modos de experimentar el cuerpo.
Desde la perspectiva psicológica, es clave comprender que la construcción identitaria en la adolescencia es siempre un trabajo complejo que supone reorganizar el cuerpo, reelaborar la historia infantil, delimitar un yo propio y encontrar un lugar posible en el lazo social.

Cuando el entorno ofrece sostén, el proceso encuentra un cauce. Cuando el entorno es inestable o violento, las búsquedas pueden volverse más intensas, más ruidosas o más frágiles.
En este sentido, fenómenos que se viralizan en redes ya sea la adopción de estéticas animales, la creación de personajes performáticos o la exageración de ciertos rasgos no deben leerse de inmediato como signos de patología. Muchas veces son intentos creativos de producir una imagen de sí en un mundo que exige mostrarse permanentemente. La pantalla funciona como espejo, como escenario y, a la vez, como territorio donde la identidad se prueba y se exhibe. Sin embargo, la clínica también nos recuerda que la forma no basta.
Detrás de cada gesto aparece una pregunta estructural: cómo se sostiene hoy el psiquismo en un contexto de hiper-exposición y de precariedad social. La sobrecarga de estímulos, la presión por pertenecer, la demanda constante de rendimiento y la fragilidad de las redes de contención generan condiciones propicias para ansiedades difusas, inhibiciones, autoexigencias extremas y dificultades en la regulación emocional.
Las violencias materiales, simbólicas y digitales también entran al consultorio. Violencias económicas que fragmentan proyectos de vida; violencias institucionales que desamparan; violencias de las redes, donde el rechazo público puede adquirir una intensidad devastadora. No es casual que muchos adolescentes encuentren en la performatividad digital una especie de refugio, un lugar donde al menos por un instante, pueden controlar la narrativa sobre sí mismos.
La tarea clínica, entonces, no es catalogar ni diagnosticar apresuradamente. Es escuchar la función subjetiva de esas elecciones. Preguntar qué alivian, qué expresan, qué sostienen.
A veces, una estética estridente es un modo de decir algo que no puede decirse con palabras. Otras veces, es un ensayo identitario transitorio. En algunos casos, puede ser signo de un malestar más profundo que necesita abordaje. La clave es no confundir la forma con el fondo ni la diferencia con la enfermedad.
También es necesario desarmar un equívoco extendido que es asociar inmediatamente ciertas conductas con locura. La clínica nos enseña que la violencia, el odio o el cinismo social no son productos de padecimientos mentales, sino decisiones éticas, ideológicas o ligadas a posiciones de poder. Ubicar la problemática en la salud mental es desresponsabilizar a quienes ejercen violencia y estigmatizar a quienes la padecen.
Las adolescencias no son el problema. Son el sector que más intensamente absorbe las fallas de la época. Y la época marcada por desigualdad, hiperconectividad y discursos públicos que exaltan la agresión produce subjetividades expuestas, exigidas y, muchas veces, solas.
Como profesionales de la salud mental, nuestro desafío es acompañar sin juzgar, comprender sin reducir, y leer cada manifestación en su singularidad. Ofrecer un espacio donde la identidad pueda desplegarse sin la obligación de ser espectáculo. Recuperar para los jóvenes un derecho básico: el de construir un “sí mismo” sin que el mercado, la violencia o la lógica de la imagen definan ese trayecto.
En definitiva, la pregunta no es por qué los adolescentes se muestran de determinadas maneras, sino cómo podemos sostenerlos para que esas búsquedas se transformen en caminos posibles y no en respuestas desesperadas a un mundo que los expone más de lo que los escucha.


